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5Oct 2023

Los usos militares del aceite de oliva: ‘el oro amarillo’ que hacía ganar batallas a los romanos

El fruto de los olivos servía como alimento, iluminación, para el cuidado de la piel y hasta como combustible en la Antigua Roma

Tiempos remotos vieron a los antiguos romanos entrelazar sus vidas con los olivos, cuyos frutos servían como alimento, iluminación nocturna, para el cuidado de la piel y hasta como combustible para abastecer su vasto imperio. El ‘oro líquido’, como se conoce al aceite de oliva, en ocasiones, como en la actualidad, alcanzaba precios muy altos en el Mediterráneo, llegando a tener el poder de sacudir economías enteras.

Influenciados inicialmente por los fenicios y después por los griegos, los romanos desarrollaron una dependencia inquebrantable hacia el aceite de oliva, conocido como oleum. Este preciado líquido no solo se empleaba en la cocina, sino también en sus termas y como fuente de luz en las lámparas romanas llamadas lucernas que no podían faltar en todo hogar romano. Estas lucernas, hechas de piedra o terracota, hacían arder el aceite a través de mechas de fibras vegetales, como el lino o el papiro, y algunas incluso tenían asas para facilitar su transporte de una habitación a otra o para su uso al aire libre.

El auge de la demanda de aceite de oliva dio origen a una gigantesca industria que abarcaba la producción, comercialización y transporte en el imperio. Junto con el cereal y el vino, la oliva se convirtió en la principal producción agrícola en el mundo rural romano. Para preservar su sabor, las aceitunas eran molidas sin romper el hueso. El aceite resultante se almacenaba en grandes vasijas de cerámica.

La calidad del aceite variaba, siendo el de mayor calidad extraído de aceitunas verdes en septiembre para ofrendas religiosas y la fabricación de perfumes. Otro era elaborado en diciembre con aceitunas que iban desde el verde hasta el negro, se destinaba en a gastronomía para aliñar como para condimentar, cocinar o freír. Y se elaboraba un último aceite con las aceitunas de menor calidad que caían al suelo y se empleaba para la combustión.

El aceite no solo tenía aplicaciones culinarias y de iluminación, sino también medicinales. Lo usaban como hidratante natural y aquellos que realizaban ejercicio físico en las termas se ungían con aceite para protegerse del sol o el frío. Después de sus entrenamientos, se quitaban la capa de aceite, polvo y sudor, y este líquido tenía un segundo uso.

De aceite de oliva se abastecía también el ejército romano, particularmente desde la llegada de Julio César, que incrementó su demanda y expansión gastronómica hacia el centro y norte de Europa. Se estima que un legionario romano consumía medio litro de aceite al día, mientras que un ciudadano promedio consumía unos 55 litros al año. Los soldados no solo lo usaban para conservar alimentos y darles sabor, sino también como defensa contra las condiciones meteorológicas. Según recoge Tito Livio en la Segunda Guerra Púnica, durante una batalla en el río Trebbia, los cartagineses se rociaron con aceite para soportar el frío y obtuvieron la victoria, dejando a los legionarios romanos impresionados por la efectividad del aceite como arma.

El uso militar intensificó la cadena de suministro y convirtió al aceite en un recurso estratégico. Durante tiempos de guerra, los propietarios de más de 2500 metros cuadrados de olivar estaban exentos del reclutamiento y se les prohibía suspender la producción. La conquista de regiones en la Península Ibérica se volvió una prioridad debido a la presencia de tierras favorables para el cultivo de olivos. En definitiva, el aceite de oliva se convirtió en una pieza esencial del imperio romano, enlazando su historia con el esplendor de la civilización mediterránea.

Fuente: La Razón

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